viernes, 3 de julio de 2020

Día de gloria (parte 2 de 2)



DAMEL VARGAS 
La selección de fútbol del Manuel Gonzales Prada tenía una camiseta amarilla con rayas verdes, ídem a la indumentaria de la selección brasileña, campeona del mundial 2002 en Corea-Japón; mientras que la selección de vóley vestía de celeste con rayas blancas, no teníamos como institución un uniforme deportivo que nos identifique, los varones amábamos la camiseta brasileña, nos hacía ver campeones mundiales, nos hacía ganadores desde el arranque, mientras las mujeres eran felices con la celeste y blanco.

Curiosamente mi participación en la selección de fútbol del colegio había sido siempre efímera, estaba clasificado como suplente por el entrenador Juan, siempre en la banca, a pesar de no ser un negado con el balón, tenía la seguridad que habían muchos jugadores mejores que yo, de mucho mayor talento, muchachos trabajados mejor físicamente, de buen biotipo y mentalmente más fuertes. Por eso el entrenador se aseguraba y me sentaba como un estimable quinto o sexto suplente; sí, en ese orden, y lo afirmo categóricamente porque la indumentaria era limitada, solamente habían 15 uniformes; no más, y nunca o casi nunca me ordenó ponerme el uniforme, se ponían quince tipos, y yo no era uno de ellos. Pero era suplente. El entrenador y buen profesan Juan Bardales me decía tener estima a mi talento, y que debía estar dispuesto a jugar en cualquier momento por la selección, aunque no podía vestir el uniforme porque no habían unidades suficientes, obviamente yo le creía, − ¿por qué no creerle? – era un tipo muy acertado, sabía lograr cosas importantes, lo había hecho en múltiples oportunidades. Si fue capaz de hacer que mi hermano José perdiera 12 kilogramos de tejido adiposo, y además propiciar el aumento de su estatura de 12 centímetros, a lo mejor podía hacer de mí un goleador de la selección oficial del colegio, un proyecto de futbolista profesional, una estrella del fútbol peruano. Quién sabe.

Estábamos en un aula asignada por el Mariano Melgar para usarlo como vestidor, era la entrega de uniformes a los seleccionados, el entrenador sacaba los uniformes de una bolsa transparente, ­−los uniformes, así como eran limitados, también eran de devolución rápida y obligatoria: lo usabas, ibas a tu casa con el mismo, y luego de lavarlo lo tenías que devolver a la institución­−, y llamaba de uno en uno para entregarle su polo amarillo con rayas verdes, un short verde y unos calcetines verdes con unas rayas horizontales amarillas, cuando mis esperanzas se habían agotado, nuevamente, el destino me tenía preparada una sorpresa de mucho agrado, y es que sobraba un uniforme con el número 23, que me entregó y me ordenó que me pusiera, −ya, ponte el uniforme Vásquez–, me espetó. Incrédulo, nervioso y feliz me dispuse a cambiarme, cuando finalmente estaba puesto el uniforme de la selección, fue un momento hermoso para mí, por primera vez iba a vestir el uniforme oficial de mi querido Manuel Gonzáles Prada, por primera vez me sentí dentro del equipo y por primera vez sentía las chances reales de jugar, aunque de seguro no iba de la partida, pero el segundo tiempo tenía con toda seguridad unos minutos en el terreno de juego.

La sorpresiva aparición de un uniforme libre, y que pude usar ese día, se debió seguramente a que algunos suplentes habituales, no pudieron viajar a Panamá.

¿Mi momento había llegado acaso?

Las diferentes competiciones de atletismo habían empezado temprano, eso de las 11 am ya se estaba disputando la carrera de 100 metros, carrera de postas, salto alto y salto largo. El Manuel Gonzáles Prada tenía muy buenos representantes, demás está decir que ganamos en todas las disciplinas. Había una familia –Burga− que daban hijos de un talento extraordinario, con habilidades deportivas descomunales, eran los participantes habituales de casi todas las competiciones, veías un Burga en carrera de 100 metros, otro en saltos, una jovencita de apellido Burga en vóley y uno más en fútbol. Y al parecer, los Burgas representaban a una familia muy prolífica, eran bastantes, tanto así que cuando se graduaban los de más edad, aparecían otros en grados inferiores y así nunca dejabas de ver uno, dos o más Burgas en las aulas, habían unos en primero, otros en tercero y otros más en quinto.

El partido de vóley se disputó inmediatamente después del almuerzo, comida que deglutimos muy rápidamente en las aulas del Mariano Melgar, −los que llevamos fiambre−, mientras que otros salieron a comer en casa de algún familiar, o comprar en alguna fonda panameña. El partido fue de mero trámite, la selección del Manuel Gonzáles Prada, comandada por el entrenador Salvador se impuso en menos de una hora de juego por un contundente 3 sets a cero, las chances del Mariano Melgar eran nulas, dado que nosotros teníamos en el equipo una voleibolista muy destacada, Liliana Fuentes –la gata− quien jugaba en la selección mayor del distrito, una matadora implacable de 1.72 metros de estatura y un cuerpo descomunal a sus 16 años, la gata y sus envenenados balonazos entre la net y los brazos frágiles de las rivales, hicieron sucumbir muy temprano al débil equipo del Melgar. 

El partido de fútbol tenía que empezar rápido, no había tiempo que perder, el regreso de la delegación se acercaba, así que aproximadamente 2.30 pasado el mediodía ya se estaba arrancando con el primer tiempo, recuerdo estar en la banca junto al entrenador y ver a mis once compañeros empequeñecidos por el rival porque el primer tiempo nos tocó ir desde la parte baja de la cancha, en contra del Melgar –que conocían su campo de fútbol, entrenaban allí supongo− y en contra de la misma accidentada cancha. El Manuel Gonzáles Prada, se vio atacado desde el vamos, desde los primeros ataques panameños ya sufríamos las inclemencias geográficas del campo de juego, a los 10 minutos de juego nuestro defensor Alexander, se vio obligado a cometer penalti, un mal rechazo lo obligó a cometer una falta, que si bien es cierto evitó el gol, hizo que se ganara una tarjeta amarrilla y tiro de los 12 pasos, oportunidad no desaprovechada y convertida en el 1 : 0. ¡Gol!, la gente panameña celebró efusivamente ese gol desde los once pasos, situación que mejoró el ánimo de los locales porque se vinieron con todo, tanto que 5 minutos más tarde convirtieron el 2 : 0. ¡Gol!, las tribunas explotaron, la gente invadió la cancha para celebrar con los jóvenes jugadores, y las caras de mis compañeros en el campo y del entrenador eran de sorpresa, de desazón, antes de la mitad del primer tiempo ya estábamos con una deuda de 2 goles. Mamita.

El partido más esperado, la competición más importante del día lo estábamos perdiendo fácilmente, nos estaban encajando goles de la manera más burda, y por aquel rival que siempre había sido inferior a nosotros, históricamente inferior, históricamente ganable. 

La pesadilla de imaginarse la canasta llena de goles en contra, en el tiempo de desventaja geográfica en el accidentado terreno de juego, empezaba a rondar en la cabeza del buen entrenador Juan Bardales; mientras tanto, yo veía más cercana la posibilidad de ingresar el segundo tiempo, porque algo debieron estar haciendo mal sus dirigidos, un cambio a lo mejor remediaba las analíticas del profesor.

El final del primer tiempo llegó, mis compañeros aguantaron hidalgamente el 0 : 2 en contra, porque pudimos haber recibido más de 2 tranquilamente, −los panameños se lamentarían toda su vida el no poder encajar más de 2 goles, porque tuvieron oportunidades−, pero la preocupación del profesor estaba en que los ataques nuestros habían sido casi nulos, –el segundo tiempo tiene que ser nuestro– decía en el entretiempo, –no nos pueden ganar, somos mejores que ellos, somos el Manuel Gonzáles Prada–.

El segundo tiempo estaba en marcha, la ventaja que nos dio el campo de juego era un arma más, que jugaría a favor nuestra, desde el arranque ya podíamos acercarnos a su arco, aunque ahora la desventaja era la condición de visita, todo el perímetro del campo de juego estaba lleno de aficionados panameños, tras del arco de nuestro guardameta Geiler –el pelón–, estaba la multitud más efusiva en apoyo a su escuadra, no solo insultaban a nuestro buen arquero, sino también apedreaban, tiraban botellas, y otros objetos, pero para fortuna nuestra era que esos entusiastas hinchas no jugaban, y en el campo de juego éramos 11 contra 11.

Había pasado 10 minutos del segundo tiempo y no llegaba el gol del descuento que nos dé una esperanza, que nos pueda inyectar una dosis de ánimo para poder empatar y ganar el partido; el entrenador Juan, mismo Bielsa se ponía en cuclillas, caminaba, se agarraba la cabeza, ponía el ceño fruncido, se tapaba la cara y gritaba a sus dirigidos para que pongan más huevos. Un par de minutos más tarde ya nos ordenó a toda la banca de suplentes salir a calentar, estando en plena calistenia hubo un alarido seco, de la barra pimpincana ¡Gol!, y un silencio en las tribunas. Lorenzo Burga –qué casualidad, un Burga­– conectó un potente zurdazo desde cerca del banderín de córner al interior del arco, el guardameta estaba mal posicionado que se le escurrió el balón entre su humanidad y el poste, era el 2 : 1, gol que no se celebró, el mismo Lorenzo cogió el balón y corrió al centro del campo para que el rival saque el gol y pudiera volver el fútbol de inmediato. El primer objetivo estaba cumplido: meter un gol rápidamente.

Al minuto 15 y con un gol en contra, el entrenador me llamó y me ordenó ingresar al campo, mi corazón estaba a punto de explotar, iba a ingresar reemplazando a tipos mejores que yo, compañeros que siempre me habían banqueado, pero también sabía que era mi momento, era este día o nunca, era a lo mejor, mi única y última oportunidad para mostrarme en la selección mayor. Luis Orlando –el vaca– fue el elegido, para ser reemplazado por mí, yo traté de disimular mis nervios e ingresé con hidalguía al campo, el entrenador me indicó pararme en la media cancha, y anular a los volantes creativos contrarios, no dejar pensar y atacar al pie para recuperar el balón y pasar siempre a un amarillo, −obviamente olvidé todo lo indicado e ingresé y jugué casi por pura inercia−, los primeros minutos fueron difíciles, sentí el ahogo inicial por los nervios que llevaba y la adrenalina liberada, poco a poco me fui soltando, ya había hecho unos quites y pasado unos balones a mis compañeros.
Aproximadamente a los 10 minutos de mi ingreso, porque desde entonces perdí la noción del tiempo, Lorenzo Burga nuevamente conectó otro zurdazo desde el borde del área: ¡gol!, ¡golazo! –otro grito seco desde las tribunas– y el empate del marcador: 2 : 2, se celebró en el campo y en la banca también. Segundo objetivo cumplido: empatar el partido. Tratándose de un partido de visita, no estaba mal un empate, que además de ser como se dieron las cosas –de levantar dos goles en contra– no sabía a poco, además que faltaba poco tiempo para el final, a pesar de ello seguíamos buscando un gol más, uno que resultase el triunfo, que nos de la gloria ese día, que nos inyecte esa dosis de ánimo para enfrentar ese largo camino de regreso de 4 horas nuevamente hasta nuestro Pimpingos, un triunfo que nos haga llegar orgullosos al distrito en esa tarde noche.

Triunfo que finalmente sucedió, y es que a dos minutos del final, y a falta de descuentos, recibo un balón a media altura, a unos 35 metros del arco, supongo que los rivales estaban cansados porque tuve tiempo de acomodar el balón que me quedó justa para empalmar un remate directo de derecha al arco, que asimismo resultó un tiro perfecto. GO-LA-ZO, el arquero que estaba en el borde del área chica no pudo alcanzar el balón, fue sorprendido con el tiro que venía de lejos, –fue un gol con esencia de fútbol puro, fue el arte del engaño en vivo–, cuando reaccionó ya estaba con la pelota adentro. ¡Gol!, ¡gol! Y el 2 : 3 a nuestro favor. Fue un momento de inmensa alegría, no sé ni cómo celebré o intenté celebrar, lo que recuerdo es correr hasta el banco a abrazar a mi entrenador, a agradecerle la oportunidad, a decirle que merezco titularidad, o no sé, lo que pasó luego es que ya no pude avanzar más, mis compañeros ya se habían derrumbado sobre mí humanidad, una horda de pubertos me aplastaban sobre ese gras grueso de la cancha, unos me felicitaban, otros me jalaban los pelos, otros me insultaban. Fue un momento espectacular para mí, –Lorenzo Burga era el habitual goleador de la selección; es decir, que él meta los goles era normal, pero que yo metiera un gol, no: fue el único gol que pude hacer para mi colegio en los 5 años de estudio, ¿será por eso que lo recuerdo hasta ahora?– sabíamos que el triunfo se había logrado, en los minutos finales los rivales no pudieron hacer mucho, el final fue pitado por el árbitro y el DÍA DE GLORIA fue nuestro.

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