DAMEL VARGAS
La
selección de fútbol del Manuel Gonzales Prada tenía una camiseta amarilla con
rayas verdes, ídem a la indumentaria de la selección brasileña, campeona del
mundial 2002 en Corea-Japón; mientras que la selección de vóley vestía de
celeste con rayas blancas, no teníamos como institución un uniforme deportivo
que nos identifique, los varones amábamos la camiseta brasileña, nos hacía ver
campeones mundiales, nos hacía ganadores desde el arranque, mientras las
mujeres eran felices con la celeste y blanco.
Curiosamente
mi participación en la selección de fútbol del colegio había sido siempre
efímera, estaba clasificado como suplente por el entrenador Juan, siempre en la
banca, a pesar de no ser un negado con el balón, tenía la seguridad que habían
muchos jugadores mejores que yo, de mucho mayor talento, muchachos trabajados
mejor físicamente, de buen biotipo y mentalmente más fuertes. Por eso el
entrenador se aseguraba y me sentaba como un estimable quinto o sexto suplente;
sí, en ese orden, y lo afirmo categóricamente porque la indumentaria era
limitada, solamente habían 15 uniformes; no más, y nunca o casi nunca me ordenó
ponerme el uniforme, se ponían quince tipos, y yo no era uno de ellos. Pero era
suplente. El entrenador y buen profesan Juan Bardales me decía tener estima a
mi talento, y que debía estar dispuesto a jugar en cualquier momento por la
selección, aunque no podía vestir el uniforme porque no habían unidades
suficientes, obviamente yo le creía, − ¿por qué no creerle? – era un tipo muy
acertado, sabía lograr cosas importantes, lo había hecho en múltiples
oportunidades. Si fue capaz de hacer que mi hermano José perdiera 12 kilogramos
de tejido adiposo, y además propiciar el aumento de su estatura de 12
centímetros, a lo mejor podía hacer de mí un goleador de la selección oficial
del colegio, un proyecto de futbolista profesional, una estrella del fútbol
peruano. Quién sabe.
Estábamos
en un aula asignada por el Mariano Melgar para usarlo como vestidor, era la
entrega de uniformes a los seleccionados, el entrenador sacaba los uniformes de
una bolsa transparente, −los uniformes, así como eran limitados, también eran
de devolución rápida y obligatoria: lo usabas, ibas a tu casa con el mismo, y
luego de lavarlo lo tenías que devolver a la institución−, y llamaba de uno en
uno para entregarle su polo amarillo con rayas verdes, un short verde y unos
calcetines verdes con unas rayas horizontales amarillas, cuando mis esperanzas
se habían agotado, nuevamente, el destino me tenía preparada una sorpresa de
mucho agrado, y es que sobraba un uniforme con el número 23, que me entregó y
me ordenó que me pusiera, −ya, ponte el
uniforme Vásquez–, me espetó. Incrédulo, nervioso y feliz me dispuse a
cambiarme, cuando finalmente estaba puesto el uniforme de la selección, fue un
momento hermoso para mí, por primera vez iba a vestir el uniforme oficial de mi
querido Manuel Gonzáles Prada, por primera vez me sentí dentro del equipo y por
primera vez sentía las chances reales de jugar, aunque de seguro no iba de la
partida, pero el segundo tiempo tenía con toda seguridad unos minutos en el
terreno de juego.
La
sorpresiva aparición de un uniforme libre, y que pude usar ese día, se debió
seguramente a que algunos suplentes habituales, no pudieron viajar a Panamá.
¿Mi
momento había llegado acaso?
Las
diferentes competiciones de atletismo habían empezado temprano, eso de las 11
am ya se estaba disputando la carrera de 100 metros, carrera de postas, salto
alto y salto largo. El Manuel Gonzáles Prada tenía muy buenos representantes,
demás está decir que ganamos en todas las disciplinas. Había una familia
–Burga− que daban hijos de un talento extraordinario, con habilidades
deportivas descomunales, eran los participantes habituales de casi todas las
competiciones, veías un Burga en carrera de 100 metros, otro en saltos, una
jovencita de apellido Burga en vóley y uno más en fútbol. Y al parecer, los
Burgas representaban a una familia muy prolífica, eran bastantes, tanto así que
cuando se graduaban los de más edad, aparecían otros en grados inferiores y así
nunca dejabas de ver uno, dos o más Burgas en las aulas, habían unos en
primero, otros en tercero y otros más en quinto.
El
partido de vóley se disputó inmediatamente después del almuerzo, comida que
deglutimos muy rápidamente en las aulas del Mariano Melgar, −los que llevamos
fiambre−, mientras que otros salieron a comer en casa de algún familiar, o
comprar en alguna fonda panameña. El partido fue de mero trámite, la selección
del Manuel Gonzáles Prada, comandada por el entrenador Salvador se impuso en
menos de una hora de juego por un contundente 3 sets a cero, las chances del
Mariano Melgar eran nulas, dado que nosotros teníamos en el equipo una
voleibolista muy destacada, Liliana Fuentes –la gata− quien jugaba en la
selección mayor del distrito, una matadora implacable de 1.72 metros de estatura
y un cuerpo descomunal a sus 16 años, la gata y sus envenenados balonazos entre
la net y los brazos frágiles de las rivales, hicieron sucumbir muy temprano al
débil equipo del Melgar.
El
partido de fútbol tenía que empezar rápido, no había tiempo que perder, el
regreso de la delegación se acercaba, así que aproximadamente 2.30 pasado el
mediodía ya se estaba arrancando con el primer tiempo, recuerdo estar en la
banca junto al entrenador y ver a mis once compañeros empequeñecidos por el
rival porque el primer tiempo nos tocó ir desde la parte baja de la cancha, en
contra del Melgar –que conocían su campo de fútbol, entrenaban allí supongo− y en
contra de la misma accidentada cancha. El Manuel Gonzáles Prada, se vio atacado
desde el vamos, desde los primeros
ataques panameños ya sufríamos las inclemencias geográficas del campo de juego,
a los 10 minutos de juego nuestro defensor Alexander, se vio obligado a cometer
penalti, un mal rechazo lo obligó a cometer una falta, que si bien es cierto
evitó el gol, hizo que se ganara una tarjeta amarrilla y tiro de los 12 pasos,
oportunidad no desaprovechada y convertida en el 1 : 0. ¡Gol!, la gente
panameña celebró efusivamente ese gol desde los once pasos, situación que
mejoró el ánimo de los locales porque se vinieron con todo, tanto que 5 minutos
más tarde convirtieron el 2 : 0. ¡Gol!, las tribunas explotaron, la gente
invadió la cancha para celebrar con los jóvenes jugadores, y las caras de mis
compañeros en el campo y del entrenador eran de sorpresa, de desazón, antes de
la mitad del primer tiempo ya estábamos con una deuda de 2 goles. Mamita.
El
partido más esperado, la competición más importante del día lo estábamos
perdiendo fácilmente, nos estaban encajando goles de la manera más burda, y por
aquel rival que siempre había sido inferior a nosotros, históricamente
inferior, históricamente ganable.
La pesadilla de imaginarse la canasta llena de goles en contra, en el tiempo de
desventaja geográfica en el accidentado terreno de juego, empezaba a rondar en
la cabeza del buen entrenador Juan Bardales; mientras tanto, yo veía más
cercana la posibilidad de ingresar el segundo tiempo, porque algo debieron
estar haciendo mal sus dirigidos, un cambio a lo mejor remediaba las analíticas
del profesor.
El
final del primer tiempo llegó, mis compañeros aguantaron hidalgamente el 0 : 2
en contra, porque pudimos haber recibido más de 2 tranquilamente, −los
panameños se lamentarían toda su vida el no poder encajar más de 2 goles,
porque tuvieron oportunidades−, pero la preocupación del profesor estaba en que
los ataques nuestros habían sido casi nulos, –el segundo tiempo tiene que ser nuestro– decía en el entretiempo, –no nos pueden ganar, somos mejores que
ellos, somos el Manuel Gonzáles Prada–.
El
segundo tiempo estaba en marcha, la ventaja que nos dio el campo de juego era
un arma más, que jugaría a favor nuestra, desde el arranque ya podíamos
acercarnos a su arco, aunque ahora la desventaja era la condición de visita,
todo el perímetro del campo de juego estaba lleno de aficionados panameños,
tras del arco de nuestro guardameta Geiler –el pelón–, estaba la multitud más
efusiva en apoyo a su escuadra, no solo insultaban a nuestro buen arquero, sino
también apedreaban, tiraban botellas, y otros objetos, pero para fortuna
nuestra era que esos entusiastas hinchas no jugaban, y en el campo de juego
éramos 11 contra 11.
Había
pasado 10 minutos del segundo tiempo y no llegaba el gol del descuento que nos
dé una esperanza, que nos pueda inyectar una dosis de ánimo para poder empatar
y ganar el partido; el entrenador Juan, mismo Bielsa se ponía en cuclillas,
caminaba, se agarraba la cabeza, ponía el ceño fruncido, se tapaba la cara y
gritaba a sus dirigidos para que pongan más huevos. Un par de minutos más tarde
ya nos ordenó a toda la banca de suplentes salir a calentar, estando en plena
calistenia hubo un alarido seco, de la barra pimpincana ¡Gol!, y un silencio en
las tribunas. Lorenzo Burga –qué casualidad, un Burga– conectó un potente
zurdazo desde cerca del banderín de córner al interior del arco, el guardameta
estaba mal posicionado que se le escurrió el balón entre su humanidad y el
poste, era el 2 : 1, gol que no se celebró, el mismo Lorenzo cogió el balón y
corrió al centro del campo para que el rival saque el gol y pudiera volver el
fútbol de inmediato. El primer objetivo estaba cumplido: meter un gol
rápidamente.
Al
minuto 15 y con un gol en contra, el entrenador me llamó y me ordenó ingresar
al campo, mi corazón estaba a punto de explotar, iba a ingresar reemplazando a
tipos mejores que yo, compañeros que siempre me habían banqueado, pero también
sabía que era mi momento, era este día o nunca, era a lo mejor, mi única y
última oportunidad para mostrarme en la selección mayor. Luis Orlando –el vaca–
fue el elegido, para ser reemplazado por mí, yo traté de disimular mis nervios
e ingresé con hidalguía al campo, el entrenador me indicó pararme en la media
cancha, y anular a los volantes creativos contrarios, no dejar pensar y atacar
al pie para recuperar el balón y pasar siempre a un amarillo, −obviamente
olvidé todo lo indicado e ingresé y jugué casi por pura inercia−, los primeros
minutos fueron difíciles, sentí el ahogo inicial por los nervios que llevaba y
la adrenalina liberada, poco a poco me fui soltando, ya había hecho unos quites
y pasado unos balones a mis compañeros.
Aproximadamente
a los 10 minutos de mi ingreso, porque desde entonces perdí la noción del
tiempo, Lorenzo Burga nuevamente conectó otro zurdazo desde el borde del área:
¡gol!, ¡golazo! –otro grito seco desde las tribunas– y el empate del marcador:
2 : 2, se celebró en el campo y en la banca también. Segundo objetivo cumplido:
empatar el partido. Tratándose de un partido de visita, no estaba mal un
empate, que además de ser como se dieron las cosas –de levantar dos goles en
contra– no sabía a poco, además que faltaba poco tiempo para el final, a pesar
de ello seguíamos buscando un gol más, uno que resultase el triunfo, que nos de
la gloria ese día, que nos inyecte esa dosis de ánimo para enfrentar ese largo
camino de regreso de 4 horas nuevamente hasta nuestro Pimpingos, un triunfo que
nos haga llegar orgullosos al distrito en esa tarde noche.
Triunfo
que finalmente sucedió, y es que a dos minutos del final, y a falta de
descuentos, recibo un balón a media altura, a unos 35 metros del arco, supongo
que los rivales estaban cansados porque tuve tiempo de acomodar el balón que me
quedó justa para empalmar un remate directo de derecha al arco, que asimismo resultó
un tiro perfecto. GO-LA-ZO, el arquero que estaba en el borde del área chica no
pudo alcanzar el balón, fue sorprendido con el tiro que venía de lejos, –fue un
gol con esencia de fútbol puro, fue el arte del engaño en vivo–, cuando
reaccionó ya estaba con la pelota adentro. ¡Gol!, ¡gol! Y el 2 : 3 a nuestro
favor. Fue un momento de inmensa alegría, no sé ni cómo celebré o intenté
celebrar, lo que recuerdo es correr hasta el banco a abrazar a mi entrenador, a
agradecerle la oportunidad, a decirle que merezco titularidad, o no sé, lo que
pasó luego es que ya no pude avanzar más, mis compañeros ya se habían derrumbado
sobre mí humanidad, una horda de pubertos
me aplastaban sobre ese gras grueso de la cancha, unos me felicitaban, otros me
jalaban los pelos, otros me insultaban. Fue un momento espectacular para mí,
–Lorenzo Burga era el habitual goleador de la selección; es decir, que él meta
los goles era normal, pero que yo metiera un gol, no: fue el único gol que pude
hacer para mi colegio en los 5 años de estudio, ¿será por eso que lo recuerdo
hasta ahora?– sabíamos que el triunfo se había logrado, en los minutos finales
los rivales no pudieron hacer mucho, el final fue pitado por el árbitro y el
DÍA DE GLORIA fue nuestro.

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