DAMEL VARGAS INGA
Por
alguna razón, mi familia, y me refiero a la mas cercana, mi padre y mi
madre, nos acercaron mucho a sus padres, es decir a mis abuelos. Muchísimo
diría, a mis abuelos paternos sobre todo, más que a los maternos; la razón, la
cercanía de su vivienda con la nuestra. Digamos que mis abuelos paternos viven
a 10 minutos, mientras que los otros viven a 4 horas de camino, desde luego no
es mezquino decir que adoro a mis 4 abuelos.
Mis abuelos paternos desde que
éramos muy pequeños eran cuidadores temporales de nosotros, mis padres por distintas
razones, nos encargaban por momentos y algunas veces por días. Mis abuelos a
diferencia de mamá y papá son menos estrictos con nosotros, menos impacientes y
más complacientes. Razón, creo yo, para tener un apego que ha durado hasta
ahora, 30 años más tarde. A mi abuelo le decíamos y le decimos papá y a mi
abuela mamá.
Los
dos abuelos son muy bondadosos con nosotros, somos nietos muy mimados, nos
sentimos queridos y amados. Mi hermana y yo siempre nos quedamos
en casa de ellos, nos encanta estar cerca de ellos ya que nos tratan como a
unos muñecos, nos atienden como a nadie, nos hacen sentir únicos y eso nos
encanta, los abuelos son católicos y nos inculcan los principios cristianos
todos los días, siempre hacen rosarios en los que participamos muy seguido y de
manera activa, mi abuela está segura que mi hermana será una “rosariera” en un
futuro como su abuelo porque tiene muy buena voz para rezar los misterios.
Tenemos la dicha de haber nacido en una familia que desde el tronco se
han construido bases morales muy sólidas, aunque debo afirmar que mi abuelo y
mi abuela son totalmente distintos, mi abuelo es un caballero a carta cabal, un
hombre intachable y ejemplo para la familia y la población, un tipo incapaz de
decir una palabra soez, un tipo muy inteligente.
A pesar de haber tenido
educación solo hasta el segundo grado de primaria, es un tipo que lee y
entiende lo que lee correctamente. Un ser humano calmado, escuchaba mucho a su
interlocutor, un creyente en Dios, un tipo con una autoridad moral consolidada
para opinar dentro de la familia y la comunidad. Una garantía. Un señor de
señores, galante siempre, en fin; creo esta vez, o sobran los adjetivos justificados
para describirlo, o es que no los encuentro. Un señor que ha marcado mi vida,
un personaje que estalla mi mente a cada momento del día, lo recuerdo mucho a
pesar de la distancia, un tipo que pasa por tu cabeza y cavilas: no estoy
haciendo bien las cosas, o las estoy haciendo bien, pero podría hacerlo mejor,
o debo cambiar de estrategia para cumplir con mis objetivos.
Y por otro lado mi
abuela, que debo decir es el “complemento perfecto” para él, es el anillo al
dedo, la media naranja, su otra mitad, la compañera de toda la vida. Mi abuela
tiene un carácter totalmente distinto a mi abuelo, por eso lo de “el
complemento perfecto”, tiene un carácter más arrebatado diría, o atrevido si
cabe el caso, una mujer de armas tomar que a diferencia de mi abuelo es capaz
de estallar en guerra si se encuentra en una situación apremiante, o ante
alguna amenaza a su persona, o a su familia, ella siempre está preocupada por
el bienestar moral de sus hijos, nueras y nietos, muy interesada en la
educación tanto cívica como religiosa, del comportamiento de uno en la comunidad,
una mujer siempre con la mirada hacia afuera, siempre tratando de cuidar la
imagen de la familia ante la sociedad, procurando en los suyos siempre como
resultado el éxito personal y profesional, una vez más cumpliéndose lo de “el
complemento perfecto”.
Mientras mi abuelo es el artífice y arquitecto de los
principios morales y espirituales al interior de la familia, mi abuela controla
la administración de recursos humanos, si cabe el término, con fines promocionales,
si existe el “merchandising” familiar dentro de la comunidad. Mi abuelo es ese
paradigma viviente dentro de la familia y mi abuela es la autoridad que te abre
los ojos para hacerte ver en él ese ejemplo de bien, ese prototipo de lo que es
correcto e imagen de bondad, esa pareja que alguna vez se llegaron a enamorar, muy
jóvenes ellos y hace muchos años, que desde una provincia remota empezaron a
construir una familia y una nueva comunidad entre montañas vírgenes en los
confines de la lejana Cajamarca.
Muchos
recuerdos tengo con mis abuelos, mi abuela es una mujer que no escatima
detalles en casa, es muy cuidadosa de sus cosas, y el cuidado por sus nietos es
único, cuidaba mucho de mi salud. Por ejemplo para ella es un quebrantamiento a
las leyes de sanidad en el hogar el hecho de comerse plátanos “maduros” sin
cocinar en el invierno, porque supuestamente consumidos fríos, como está la
fruta, producían unos cólicos que hacían retorcer de dolor a los escuincles; en
mi caso, y fiel al desacato, recuerdo haberme comido un plátano sin su
consentimiento, y en invierno, en una época de lluvia tremenda. La banana me lo
ingerí escondido obviamente, sin que ella se diese cuenta, recuerdo haber
disfrutado como nunca de esa fruta en un rincón de la casa, sin que ella me vea;
seguramente, y no lo recuerdo muy bien ahora, pero supongo que tenía mucha
hambre en ese momento, mi inocencia de niño me había convencido que la abuela
no se iba a dar cuenta, estaba seguro de haber realizado el crimen perfecto, de
haber burlado la máxima seguridad en el hogar sin que la sigilosa abuela me
hubiera rastreado en absoluto.
Después de consumir el suculento banano “maduro”
y en el frenético invierno, recuerdo hasta ahora, y muy claramente haber
obviado una actividad clave para que la abuela no me pillase, al parecer no me
limpié la boca, o más claro, alrededor de ella; ya que, justamente al caminar
lentamente por su costado, me apuntó con su mirada y me exclamó: ¿y no me vas a
invitar? ¡a pesar que me has guardado! ¡mi hijito piensa en mí! ¡nunca come
solo! Avergonzado asentí mi rostro hacia abajo, porque no me quedaba de otra, y
con mis pequeñas manos; pequeñas, porque era un niño de no más de 4 años, me
toqué la cara de culpa que ya llevaba, y ese es el momento que pude comprobar
restos de plátano “maduro” cerca a mis labios, y lo peor, que lo había
consumido en invierno, exponiéndome a un espasmo seguro, a unos dolores intestinales
agudos por la noche.
No recuerdo si tuve esos padecimientos nocturnos en mi
barriga, pero lo que sí estoy seguro es que la abuela me vio comiendo mi
plátano “maduro” escondido en algún lugar de la casa, y no fueron los restos de
esa delicia prohibida en mi boca los que me delataron, obviamente ella evitó el
cruce intempestivo y en el acto, ya que me quería mucho y a lo mejor pensaba
que sería muy vergonzoso para su nieto querido encontrarse en una situación de
insolencia frente a su estricta abuela. No recuerdo muy bien, pero tuve un
llamado de atención que como siempre fue de la manera más cariñosa posible quedándome
con un aprendizaje de valor para toda la vida, podría asegurar que la abuela lo
hubiese asado o sancochado ese banano “maduro” si le hubiera pedido, seguramente
si comunicaba a tiempo sobre la necesidad de comida que sentía en ese momento, ella
me habría ofrecido alguna alternativa a ese frío apetitivo; pero yo no, mis
prejuicios pudieron más, el hecho de comer el fruto prohibido a escondidas y
sin que nadie me pille me ganó, mi arrebato por la desobediencia pudo más y mi
inocencia de niño me llevó a tener una experiencia con mi dulce abuela que siempre
recordaré.

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