DAMEL VARGAS
Recuerdo
un viaje con mis compañeros de colegio al centro poblado Panamá de Pimpingos,
nos tocó en esta oportunidad visitar al Colegio Mariano Melgar, un colegio
secundario con una cantidad regular de alumnos −supongo que no pasaba de 100−,
era el rival a vencer en sendas definiciones de ida y vuelta para pasar a la
siguiente etapa de las olimpiadas escolares. Para llegar a Panamá no era una
ruta fácil, teníamos que caminar entre las montañas cerca de 4 horas por un
camino de herradura que se nos presentaba con diferente nivel de dificultad
dependiendo a la localidad: a la salida del distrito era arenoso y con piedras
falsas, a mitad de camino entre pedregales y barro; y al final largas travesías
secas y calurosas. Una ruta pesada para llegar y enfrentar en diferentes
disciplinas al combinado panameño: vóley, fútbol, carrera de cien metros
libres, carrera de postas, salto alto, salto largo, Etc. −obviamente el plato
fuerte de las competiciones, era el partido de fútbol masculino−, el vóley
también generaba una expectativa particular entre las barras de ambos colegios,
pero como es habitual en nuestro país, el fútbol lleva la delantera.
El
Manuel Gonzáles Prada versus el Mariano Melgar se medían fuerzas ese jueves del
mes de junio del 2001.
Para
llegar a Panamá desde Pimpingos, teníamos que pasar por un camino muy extenso y
accidentado, iniciando con una pendiente hasta la quebrada llamada la tacshana, luego una subida muy
empinada por un camino de superficie muy falsa, fácilmente te podías resbalar
hasta incluso caer por la arena del camino, una cuesta temible, muy
desgastante, hasta llegar a la cima de esta montaña, sitio denominado el
derrumbo, −a media subida, podías tomarte un rico sorbo de agua,
directamente de una naciente, debajo de una enorme piedra−, seguíamos por una
travesía larga, muy larga pasando por shanlla, cruce de Michino, el guayabo
y la piedra agachada que nos llevaba hasta la fila de San Lorenzo,
lugar que era como la cima de un enorme cerro, que dejaba ver debajo el enorme
valle de San Lorenzo y al frente –al otro cerro− visualizabas el poblado de
Panamá y El Anís.
Desde
esta cumbre tenías una vista espectacular de toda esta parte del basto distrito
de Pimpingos, un paisaje verde, con un fondo lleno de árboles frutales de la
infinidad de chacras en toda esa extensión, se podía ver las lagunas de chupadero,
la quebrada del mismo nombre, los cañaverales de San Lorenzo, los cafetales de balzal;
incluso se podía visualizar el distrito de la Sacilia bien al fondo. Finalmente,
y de color azul −por la distancia− a lo lejos, en una extensión perteneciente a
la provincia de Bagua−Amazonas el imponente cerro de chipago que
seguramente es el pico más alto de toda esa parte de la región.
Llegar
a Panamá en esos tiempos no era fácil, −en la actualidad existe carretera
afirmada, una media hora en motocicleta o automóvil es suficiente−, desde el
otro lado, la fila de San Lorenzo,
ese paisaje maravilloso te invitaba a avanzar, que llegarías rápido y que la
travesía sería confortable; sin embargo, enfrenar ese camino era una auténtica
odisea.
El
director del colegio siempre acompañaba a los alumnos, el profesor Zenobio
Vargas, un tipo serio, con el aplomo justo de un director, quien junto a todo
el equipo docente completaba la delegación. El profesor Juan Bardales era el
entrenador del equipo de fútbol, un entrenador muy disciplinado, nos levantaba
todos los días a las 5 am a correr en las delicias. Recuerdo al profesor Juan
con mucho cariño porque lograba cosas importantes con los alumnos, y no
necesariamente triunfos a nivel provincial, −aunque a nivel distrital
arrasábamos− sino pequeñas victorias con nuestras vidas. Mi hermano José era un
tipo gordo y chato, tenía 14 años, José no nació con habilidades para el fútbol,
en absoluto, no tenía ni presente ni futuro en la selección. El profesor Juan, incitado
por mi padre y pensando en la salud de mi hermano, lo convocó en una
oportunidad a formar parte de los entrenamientos del equipo seleccionado, lo
convenció que podía ser arquero de la selección en algún momento, José empezó a
entrenar disciplinadamente, se levantaba todas las mañanas a correr 40 minutos,
luego a entrenar las tardes de manera intensa y finalmente hacer un poco de
fútbol con otros compañeros de calidad parca, para que no se amilane. Mi
hermano nunca fue convocado a los partidos oficiales, ni siquiera como
suplente, pero sin ser minuciosos al inicio nos empezábamos a dar cuenta que
día a día perdía varios gramos, y luego kilos de tejido adiposo de su rechoncho
cuerpo; y eso no era todo, también empezó a crecer centímetros en su estatura.
Al cabo de ese año José perdió 12 kilos de peso y creció 9 centímetros de
estatura, fue capaz de lograr tal cambio en su aspecto corporal que no le
importó alternar algún día en el equipo, mi padre estuvo muy agradecido con el
profesor Juan que no dudó en regalarle un enorme gallo carioco y rizado (shirango).
Lo
que quedaba desde la fila de San Lorenzo, era una bajada hasta el
caserío del mismo nombre, un poblado muy pequeño a orillas de la quebrada del chupadero.
Y finalmente una larga subida no muy empinada, pero sí larga, hasta Panamá.
Finalmente
llegamos al centro poblado Panamá, aproximadamente 10 de la mañana, la
delegación pimpincana es grande, y como es habitual el colegio anfitrión nos
recibe con un rico refresco de chicha morada, formamos para que puedan darnos
ese apetecible refresco, porque era un día soleado y la sed apremiaba.
Recibimos el refresco y nos disponíamos a conocer un poco el poblado, sus casas
de piedra y adobe eran muy características en ese entonces, hermosas
plantaciones de coco, naranjos y limas adornaban este paraíso de ceja de selva.
Aunque este espacio de tiempo libre era pequeño, aprovechábamos al máximo para
llevarnos un bonito recuerdo visual de Panamá
Los
jugadores de fútbol que formábamos el equipo del Manuel Gonzáles Prada
empezamos a preguntar por la cancha de fútbol donde disputaríamos el partido de
la fecha. Obviamente el plato fuerte del día era el partido de fútbol. En
cuestión de competencia debo decir que el Manuel Gonzáles Prada, siempre ha
dominado en casi todas las disciplinas en todos los tiempos, la razón, y espero
no equivocarme, era la cantidad de estudiantes; es decir, al tener mayor número
de alumnado, había mayores opciones de elección, y así pues se tenía siempre equipos
de vóley compactos, equipos de fútbol ganadores, grandes competidores en
atletismo. Arrasábamos siempre en todas las disciplinas. Grande fue la sorpresa
para todos cuando nos enteramos que el partido de fútbol sería en la terraza
principal del poblado, frente a la iglesia, espacio que a su vez se usaba como
una especie de plaza dominguera para los panameños, un espacio –y el único creo−
con las cualidades de campo deportivo en Panamá, pero esta cancha tenía un
declive considerable, una pendiente visible para cualquiera, el arco de un lado
era como que en la cima misma, en la parte alta de la pendiente, y el otro arco
estaba plantado en la hondonada de la plazuela, estando abajo podías ver lo
pequeño que parecías frente a tu rival; del mimo modo, si estabas al otro lado.
Teníamos
claro que no sería fácil jugar en esta cancha, para ganar debíamos sostener
nuestra valla en cero cuando estemos en desventaja geográfica, o al menos que
no nos metan una docena de goles, y aprovecharlo al máximo cuando estemos del
otro lado.
Continuará…

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